sábado, 6 de octubre de 2012

Los gatos no viven solos



Puedo decir que era el crepúsculo, aunque no estoy seguro de si se avecinaba el amanecer o el anochecer. En realidad, no puedo recordar el instante en que me quedé dormido, si es que en algún momento lo hice. Recuerdo claramente que veía aquel sucio gato mientras pensaba qué es lo que podría depararle el futuro. ¿Qué podría cambiar en la vida de ese feo animal? ¿Qué es lo que hacía todos los días además de ver al sol salir y ocultarse nuevamente?
Quisiera saber qué era lo que me causaba tanto interés cuando miraba aquel gato observando la nada.
Me incorporé lentamente y fui directo a casa, donde me esperaba pan dulce y leche caliente. No me sorprendió encontrar a mi hija dando de comer a Rulfo, nuestro joven y juguetón pastor belga, de su propio plato. Esa niña tiene una increíble afición por los animales.
Me contó de lo bien que se habían vendido en el fin de semana las flores que cortamos el jueves, pero yo en lo único en que podía pensar era en su futuro. ¿Qué le podría deparar a la hija de un floricultor viudo? ¿Qué era lo que había hecho en sus 19 años de vida además de acompañarlo y ayudarle en el negocio de las flores?
Sentí un escalofrío. Esa noche me fui a acostar temprano, tratando de evitar la recurrente idea que me arrebataba cualquier posibilidad de poder dormir: ¿Sería aquel gato el reflejo de lo que sería de mi hija si no la dejaba ir? Una mujer, sola, cortando flores mientras el sol salía y se ocultaba, por el resto de su vida.
Pero sabía que de ninguna manera me dejaría solo si se lo pidiera. Su gran corazón y su enorme compasión no le permitirían ir muy lejos. Así que decidí mandarla lejos de los viejos pueblos que constituían todo lo que ella conocía del mundo. La envié a la ciudad, con el pretexto de que un mejor futuro para los dos solo nos lo podría dar un contrato con una florería de allá. Había llegado a la conclusión de que una niña preciosa y amable como era ella fácilmente podría enamorar a un joven citadino, asegurándose así un mucho mejor futuro del que yo alguna vez le hubiera podido ofrecer.
Así, Rulfo y yo nos quedamos solos, aunque nunca realmente nos sentimos solos. Cortábamos flores, paseábamos y nos sentábamos debajo del árbol donde, eventualmente, se nos unía el viejo gato. Ni Rulfo ni el gato se hacían caso, pero era yo quien no le quitaba el ojo al gato. ¿De qué vivía ese gato? ¿Qué era lo que hacía o posiblemente pensaba mientras miraba a la nada? Rulfo y yo nos sentábamos a mirar el cielo, o nos distraíamos mirando un colibrí aletear alrededor de las flores. Pero a ese gato nada parecía inmutar. Me atrevo a decir que nunca lo había visto posar la mirada en ningún lugar específico.

Los años pasaron, y con ellos, la poca juventud que nos quedaba. Mi hija se casó, como lo predije, con un joven emprendedor quien pronto abrió florerías en toda la ciudad, dándonos trabajo y dinero a todos los floricultores de los pueblos más cercanos.
Rulfo ya era un perro bastante viejo cuando murió. No puedo decir que sufrí cuando se fue. Cualquiera habría notado que la muerte se había tardado mucho en llevárselo... Quién lo diría, hasta la muerte sentía compasión por un viejo pueblerino y solitario.
Debo admitir que ese gato me salvó de volverme loco. La serenidad de esos animales es impenetrable. Su elegancia es exquisita. Aun con el pelaje hecho un asco, su escasa belleza y con la edad avanzada que debía tener, ése gato era muy elegante. Los felinos, si bien nunca me llamó la atención tener uno, me parecen intrigantes e inteligentes en sobremanera. Talvez por eso nunca me esmeré en conseguir uno. Probablemente habría sido más inteligente que yo, hubiera sacado provecho de lo poco que le podía ofrecer y luego me habría botado, en busca de alguien que le pudiera dar una mejor vida. Son inteligentes, sí. Y ambiciosos, cosa que yo nunca he sido. Empiezo a entender que es por eso por lo que nunca quise un gato, para no recordarme la mediocridad en la que viví toda mi vida pues, si bien podía ir a la ciudad y vender las flores al triple de lo que las vendía en el pueblo, nunca quise salir de la seguridad que me daba el estar cerca de casa.
Los gatos son ambiciosos... Y elegantes. No necesitan que los eduquen, como a los perros. Además, tienen esa calma... No puedo imaginarme a un gato pobre angustiado por qué va a comer o dónde va a vivir. Probablemente saben que cualquier árbol denso les puede servir de refugio y que ratones y otros animales cazables pasarán frente a ellos en algún momento. El punto es que no emanan estrés.
Di un respingo al notar que el gato tenía la mirada, por primera vez en todos esos años, posada en mi. Probablemente notó que no le quitaba los ojos de encima... O... Talvez reflexionaba lo mismo que yo. La diferencia entre nuestras especies. Podía sentir al gato, las dilatadas rendijas negras que constituían sus ojos, penetrando en lo mas profundo de mi. Escrutando cualquier atisbo de juicio en mi mirada... ¿Juicio?... ¿Estaba juzgando al gato? ¿Me había pasado las anteriores dos horas juzgando a un gato por cómo se sentaba a ver el mundo? Juzgar es tan peligroso como mentir... mis especulaciones sobre la especie felina me hicieron perderme en sutilezas e hipótesis sin base alguna, me obligaron a navegar por un río abastecido por cuantiosas ideas que sólo se formaban en mi cabeza, mientras yo las unía y las moldeaba en una sola conclusión, basada solamente en juicios. ¿Cómo saber que todo lo que pienso de los gatos es verdad? ¿Cómo saber si realmente, por culpa de mis juicios sobre aquel gato, mandé a mi hija a desposarse con un completo desconocido, lejos de mi? ¡Qué fue lo que hice! Dejé mi paranoia volar, y crecer, y convertirse en la iniciativa de mandar lejos de mi a mi hija para siempre. Lo cierto es que me ha venido a visitar de manera recurrente, pero ya no la tengo aquí conmigo. Estúpido gato.
Estúpido gato, reflejo del futuro de mi hija. Estúpidos juicios que me hicieron decidir mandarla lejos. ¿O es que era lo mejor que podía hacer? Evitarle un futuro solitario a costa de mi propia soledad... ¿Qué es lo mejor? ¿Lo mejor para quién?...
La soledad empieza a acrecentar, como un cosquilleo al principio. Lenta y detenidamente, me invade. Comienza como una punzada en el estómago, empieza a ascender, rodea y penetra mi corazón, luego mi cerebro... y luego ataca mi alma.
Puedo darme cuenta de que el gato no me ha dejado de ver ni un segundo, puedo sentir su calor a través de mis sandalias, he notado que ya no está observándome, sino que se ha hecho un ovillo y se refugia entre mis pies, transmitiéndome el calor que sólo una criatura viva puede transmitir. El calor de la compañía.
La compañía de cualquier ser, la respiración de cualquier criatura... simplemente la convicción de que no eres el único ser vivo respirando el aire a tu alrededor.
Ese gato, como he dicho, ha salvado mi cordura. Estando a punto de volverme loco, a punto de rendirme ante la soledad, a punto de perder la cabeza... la compañía de ese gato me ha salvado. Me ha anclado a la cordura por un tiempo más.
¿Porqué los gatos no se sienten solos?... ¿Los gatos viven solos? ¿o es que siempre encuentran a otra criatura solitaria a la cual acompañar? O por quién ser acompañados, quizá.
O talvez ese gato simplemente se recargó en mis pies sin notar en qué se recargaba, y no siente soledad o tristeza...
Me resulta casi imposible aceptar que una criatura se resista a la bendición de la compañía, así que descarto ésta última hipótesis.
Probablemente estoy torciendo la realidad a fin de que sea todo lo que yo quiero, aun cuando sé que no es real... Pero siento que ese gato ansía mi compañía.

Me quedo absorto en mis pensamientos un rato más, hasta que me doy cuenta de que me he vuelto a quedar dormido, como aquella vez hace tantos años, en que no podía distinguir el amanecer del anochecer.

Continuará.

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